¿Cómo vivir los altibajos emocionales del duelo como cristiano?
Los altibajos emocionales del duelo son agotadores no solo porque el dolor venga y vaya, sino porque cada bajada parece desmentir el avance de la subida anterior. Un día con algo de luz seguido de dos días de oscuridad. Una semana en que algo parece asentarse seguida de un derrumbe inesperado. La fe no elimina ese vaivén — sería deshonesto prometérselo a alguien que está en el dolor. Lo que sí ofrece la fe cristiana es algo diferente y más real: una manera de habitar el vaivén sin ser destruido por él, y una comprensión de los procesos del alma que libera de la culpa de no estar siempre en la misma posición.
El agotamiento de vivir en vaivén
No es solo el dolor lo que agota. Es la irregularidad del dolor.
Si el duelo fuera constante — siempre igual de intenso — al menos habría una forma de acostumbrarse, de encontrar un ritmo. Pero el vaivén emocional no permite eso. Cuando crees que estás encontrando el ritmo, el ritmo cambia. Cuando estás en un día bueno, una parte de ti sabe que no va a durar. Cuando estás en un día difícil, no sabes si va a ceder o si va a empeorar.
Y hay algo más que agota: la expectativa que el entorno tiene de que estés en un lugar fijo. Las personas que te rodean se acostumbran a verte de cierta manera. Y cuando el vaivén los sorprende — cuando después de una semana aparentemente buena llegas destrozado — no saben qué decirte. A veces dicen lo equivocado. A veces su confusión se convierte en una presión más que cargar.
Vivir los altibajos como cristiano no significa que la fe los suaviza. Significa que la fe te da un lugar donde ponerlos que aguanta su irregularidad.
El salmista que también vivió en vaivén
El Salmo 42 es uno de los documentos espirituales más honestos de toda la historia humana.
En el mismo poema, en el mismo soplo de una sola composición, el salmista pasa de la sed desesperada de Dios a la memoria de los días de alabanza, de la memoria al hundimiento presente, y del hundimiento a una paciencia interior que no es resignación sino algo más parecido a una decisión:
“¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, que volveré a alabarle.” (Salmos 42:6, Biblia de Jerusalén)
El salmista se habla a sí mismo. Le pregunta a su propia alma por qué está abatida. Y luego — sin tener la respuesta — elige orientarse hacia la esperanza aunque el abatimiento no haya cedido.
Eso es la paciencia interior de la fe: no la ausencia del vaivén, sino la capacidad de orientarse hacia algo fijo mientras el vaivén ocurre. Como un velero que no puede controlar el viento pero puede usar el timón para mantener la dirección general aunque las olas lo sacudan.
Lo que Pablo David enseñó sobre los altibajos
Los cuarenta y cinco días que Pablo David González López pasó en el IGSS fueron un vaivén constante para quienes lo acompañaron.
Días en que los pronósticos eran levemente mejores, seguidos de días en que el cuadro se complicaba. Momentos de esperanza seguidos de momentos de realismo brutal. La montaña rusa emocional de quien acompaña a alguien en la frontera entre la vida y la muerte tiene una irregularidad que no permite ningún tipo de acomodo estable.
Quienes vivieron eso describen algo que la paciencia interior produce cuando se sostiene en el tiempo: una especie de centro de gravedad que no impide el vaivén pero sobrevive a él. Una capacidad de seguir presentes, de seguir orando, de seguir en la sala de espera aunque el resultado no sea el que se quería.
Pablo David lo reconoció desde su propia experiencia con esa frase que su familia no ha olvidado: “Yo fui el seleccionado para este sufrimiento… para que ustedes no tuvieran que pasarlo.” Esa frase no elimina el vaivén de quienes lo rodean. Pero les da un punto de referencia que no depende del resultado de cada día.
Eso es lo que la fe puede hacer con los altibajos: no suavizarlos, sino darles un horizonte que no cambia con ellos.

Lo que la Iglesia ofrece para habitar el vaivén
La Iglesia Católica no promete eliminar el vaivén emocional del duelo. Lo que ofrece es una serie de anclas que no dependen del estado emocional del momento:
La oración constante aunque no se sienta nada. El Catecismo de la Iglesia enseña que la oración perseverante en la sequedad y el vaivén tiene un valor espiritual que supera a la oración realizada en consolación (CIC §2742). No porque el sufrimiento sea preferible, sino porque la fidelidad en el vaivén construye algo en el alma que la facilidad no puede construir.
Los sacramentos como anclas objetivas. La Eucaristía, la Confesión, la Unción — su gracia no depende del estado emocional del que los recibe. Son anclas objetivas que operan independientemente del vaivén. Un cristiano que va a misa en un día de altibajo recibe lo mismo que un cristiano que va en un día de paz.
La comunidad como espejo. La Iglesia como comunidad de fe ofrece algo que el vaivén individual no puede darse a sí mismo: la perspectiva de quienes han atravesado su propio vaivén y están de pie. Los santos que la Iglesia presenta no son personas que no tuvieron altibajos. Son personas que los tuvieron y eligieron, una y otra vez, orientarse hacia el mismo punto.
Tres disposiciones para los días de bajada
Cuando llegue un día de bajada después de días mejores, estas disposiciones concretas ayudan a habitarlo sin ser destruido:
Nómbralo sin catastrofizarlo. Decir en voz alta o internamente: “Hoy es un día de bajada. El vaivén regresó. Esto no desmiente el avance anterior.” Nombrar lo que ocurre reduce el poder que tiene sobre el estado interior.
Reduce las expectativas del día. Un día de bajada no es un día para grandes decisiones ni para evaluar el proceso. Es un día para lo mínimo. Llegar al final del día es suficiente.
Busca una sola ancla concreta. Un rezo breve, una vela encendida, una lectura de un versículo, una conversación con alguien de confianza. No todo el aparato espiritual. Una sola cosa que conecte el vaivén con algo más grande que él.
Oración para los días de bajada
Cuando el vaivén regrese y el día de luz quede atrás, esta oración puede decirse desde donde se está, sin fingir que se está en otro lugar:

Señor, ayer estaba mejor. Y hoy no.
No sé cómo explicarlo. No sé por qué el vaivén. No sé cuándo va a estabilizarse en algo que pueda reconocer.
¿Por qué te abates, alma mía? Así preguntó el salmista. Y yo hago la misma pregunta sin tener todavía la respuesta.
Pero elijo, como él, orientarme hacia Ti aunque el abatimiento no haya cedido. Aunque no sienta la estabilidad. Aunque no entienda el ritmo de este proceso.
Espera en Dios, me digo. Que volveré a alabarle. No hoy quizás. Pero volveré.
Amén.