Duelo y Sanación

Dios me abandonó cuando murió mi ser querido: cómo recuperar la fe en el duelo

25 de marzo de 2026 8 min de lectura

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás tan lejos de mi clamor?"

Salmo 22:2 — Biblia de Jerusalén
Dios me abandonó cuando murió mi ser querido: cómo recuperar la fe en el duelo

Recuerdo exactamente cómo huele el pasillo del IGSS a las tres de la madrugada.

Es un olor a desinfectante mezclado con café frío y ropa que no ha dormido. Las luces fluorescentes parpadean sobre sillas de plástico donde la gente espera sentada con los ojos abiertos pero vacíos, mirando sin ver. Y en medio de ese pasillo, después de 38 días esperando noticias de mi hermano Pablo David —21 años, cerebro brillante, toda la vida por delante— yo me senté en el suelo con la espalda contra la pared fría y le dije a Dios, en voz baja para que no me escucharan:

¿Dónde estás? ¿Por qué no lo curas? ¿Por qué no haces nada?

No era una oración. Era un reclamo. Y el silencio que vino después dolió más que cualquier respuesta que hubiera podido imaginar.

Si esta noche tú también estás en ese silencio, te escribo desde adentro de él. No desde afuera. No desde quien ya lo resolvió. Sino desde quien lo vivió tres veces —con mi hermano, con mi mamá, con mi papá— y todavía está buscando las palabras exactas para describir lo que se siente cuando el Dios en quien creíste toda la vida parece haberse ido justo cuando más lo necesitabas.


Lo que nadie te dice en el velatorio

Cuando mi hermano Pablo David murió en mayo de 2013, yo tenía en mi cabeza una imagen muy clara de cómo debería comportarse un creyente ante la muerte: sereno, firme, con la certeza del cielo como escudo. Vi esa imagen en los demás. La intenté sostener yo también.

Pero en la primera semana, cuando regresé a casa y vi su cuarto exactamente igual que siempre —los diplomas colgados en la pared, las medallas de excelencia académica, la foto con su novia que nunca llegó a ser su esposa— algo en mí se rompió de una manera que no tiene sonido. No lloré. Peor: me quedé quieto en la puerta sin poder entrar, sintiendo que Dios había cometido un error garrafal. Que había tomado a la persona equivocada. Que si existía y si era bueno, no habría permitido algo así.

Ese pensamiento me llenó de vergüenza durante meses. Lo guardé. No lo dije en misa. No lo confesé de frente. Sonreía cuando la gente me preguntaba cómo estaba.

Pero era la verdad más honesta que tenía.

Once años después perdimos a mi mamá, Paula. Era noviembre de 2024 y hacía frío esa tarde en Guatemala. Ella había pasado más de una década cargando el duelo de Pablo David con una dignidad que yo nunca entendí del todo. Su audición se fue deteriorando —75% de pérdida— y con ella se fue también la posibilidad de escuchar canciones que le gustaban, de oír los chistes de sus nietos, de entender las conversaciones en la mesa. La diabetes llegó después, silenciosa y exigente. Y aún así, todas las mañanas, sin que nadie se lo pidiera, ella tenía la cocina lista antes de que el resto de la casa despertara.

El olor de sus frijoles negros a las 6 de la mañana era, para nosotros, la prueba de que el mundo seguía en su lugar.

Cuando ese olor desapareció, entendí que hay pérdidas que no se anuncian con un golpe sino con una ausencia que se va acumulando, silencio por silencio, hasta que un día abres los ojos y el vacío ocupa todo el espacio.

Y diez meses después, en septiembre de 2025, se fue mi papá Juan. Camionero toda su vida. Hombre que no hablaba mucho pero que construyó una casa, pagó estudios, sirvió en su parroquia cargando sillas y barriendo salones sin que nadie se lo pidiera. Nos dejó una Biblia a cada uno. Eso fue todo lo que guardó para repartir. Una Biblia y esta frase, que dijo una tarde sin que pareciera un testamento:

“Vayan llegando de a poco al mismo lugar donde nosotros vamos a esperarlos.”

Tres pérdidas en doce años. Y en cada una, la misma pregunta regresó. La misma oscuridad. El mismo silencio de Dios que duele más que cualquier dolor físico porque te deja sin piso debajo de los pies.


El versículo que cambió todo

Hay algo que descubrí leyendo el Salmo 22 mucho después de la muerte de Pablo David, cuando ya podía leer sin que las letras se borraran de tanto llorar.

Ese salmo —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”— no lo escribió alguien que dudaba de Dios desde la comodidad. Lo escribió alguien que estaba rodeado de enemigos, con el cuerpo fallando, con la burla de quienes lo veían caer. Y lo más desconcertante: Jesús lo repitió desde la cruz. El Hijo de Dios, en su peor momento, usó exactamente esas palabras.

Eso me detuvo.

Significa que sentir el abandono de Dios no es lo opuesto de la fe. Significa que ese grito ya está dentro de las Escrituras, ya fue pronunciado por Cristo mismo, ya forma parte de lo que la Iglesia llama sagrado. El Catecismo de la Iglesia Católica lo dice con una claridad que todavía me sacude: “En su pasión, Cristo asumió hasta el fondo la condición humana” (CIC 603). Hasta el fondo. Incluyendo la oscuridad. Incluyendo el silencio. Incluyendo la sensación de que el Padre no responde.

No estás fuera de la fe cuando sientes eso. Estás, quizás, en el centro más honesto de ella.

La Comunión de los Santos —esa verdad que la Iglesia Católica sostiene con firmeza— dice algo que cambia la manera de ver la muerte: quienes partieron no se fueron. Se adelantaron. Siguen vivos en Dios, siguen conectados a nosotros por un vínculo que la muerte no tiene poder de cortar. Pablo David, mi mamá Paula, mi papá Juan: no están en un lugar lejano e inaccesible. Están en Dios, que es el lugar más cercano que existe.

Eso no elimina el dolor. Pero cambia su forma.


Una luz cálida que atraviesa una ventana antigua


Lo que sí puedes hacer esta noche

No voy a pedirte que dejes de estar enojado con Dios. Mi mamá Paula tampoco lo hizo cuando perdió a su hijo. Siguió cocinando, siguió sirviendo, siguió poniendo el plato en la mesa para cada uno de sus hijos —incluso los que llegaban tarde, incluso los que a veces no llamaban— con una fidelidad que era, sin que ella lo nombrara así, una forma de oración continua.

El enojo con Dios no te separa de Él. Te mantiene en conversación con Él.

Hay una diferencia enorme entre el que le grita a Dios ¿dónde estás? y el que simplemente se voltea y ya no habla. El primero todavía cree que vale la pena preguntarle. Todavía lo trata como alguien que escucha.

Si esta noche no puedes orar con palabras, eso también es oración. San Pablo lo escribió en la carta a los Romanos con una precisión que parece hecha para los momentos exactamente como este: “El Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras” (Rm 8:26). Lo que no puedes decir, ya alguien lo está diciendo por ti. Desde adentro tuyo. Sin que tengas que hacer nada.

Lo único que te pido es que no te vayas a dormir creyendo que Dios no sabe que estás ahí.

Sabe. Y el silencio que sientes no es indiferencia. A veces es la única respuesta que cabe en un dolor tan grande.


Luz de amanecer sobre una mesa de madera vacía


🕯 Oración

Padre,

Esta noche no tengo palabras ordenadas. Solo tengo este peso en el pecho que no sé cómo cargar solo.

Tú sabes lo que perdí. Tú sabes cómo huele su ausencia, cómo suena el silencio que dejó, cómo se siente la casa sin él, sin ella.

No te pido que me expliques nada. Solo te pido que estés aquí, aunque no te sienta, aunque el silencio duela.

Que Pablo David, que mi mamá Paula, que mi papá Juan —y el nombre que tú llevas en el corazón esta noche— estén contigo, en luz, en paz, en tu presencia.

Y que mañana yo pueda dar un paso más. Solo uno. Eso es suficiente.

Amén.

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Familia González López

Guatemala · Publicado el 25 de marzo de 2026

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