Testimonios

Cuando Dios llama a papá: el testimonio de Juan González

14 de marzo de 2026 22 min de lectura

"Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo."

Salmo 23:4 — Biblia de Jerusalén
Cuando Dios llama a papá: el testimonio de Juan González

Este es el tercer capítulo. Si no has leído los dos anteriores, te pedimos que empieces por ahí, porque esta historia tiene un orden que importa.

El primero fue Pablo David, nuestro hermano, que murió en mayo de 2013 con veintipocos años, una aneurisma cerebral y una serenidad que todavía no terminamos de comprender del todo. El segundo fue Paula López, nuestra madre, que cargó esa pérdida durante once años antes de partir ella misma en noviembre de 2024. Y este es el tercero: Juan González, nuestro padre, que se fue el 27 de septiembre de 2025, apenas diez meses después de nuestra madre, mientras servía a su Iglesia.

En menos de doce años, nuestra familia enterró a un hermano joven, a una madre y a un padre. Tres muertes. Tres duelos distintos. Tres veces el abismo.

Y tres veces la misma mano sosteniéndonos: la fe católica que ellos mismos nos transmitieron. No como un sistema de ideas, sino como un modo de vivir y de morir. No como un escudo que evita el dolor, sino como el suelo firme que no cede aunque el dolor sea enorme.

Eso es lo que queremos testimoniar en este artículo. No venimos a convencerte de nada. Venimos a contarte lo que vimos.


Quién era Juan González

“Aunque pase por un valle tenebroso, ningún mal temeré, porque Tú estás conmigo.” — Salmo 23:4

Nuestro padre no tuvo estudios universitarios. No tuvo títulos que colgar en una pared ni una trayectoria profesional que el mundo moderno reconozca fácilmente. Tuvo algo más difícil de sostener durante décadas: la disposición de trabajar sin descanso para que sus hijos tuvieran lo que él no tuvo. Y esa disposición, ejercida con fidelidad durante toda una vida, es una forma de amor que la Iglesia llama —en su sentido más profundo y más exigente— servicio.

Pasó la mayor parte de su vida al volante de un camión. Rutas largas, ida y vuelta, día y noche, con una familia entera sobre los hombros y sin quejarse jamás de ese peso. A veces no lo lográbamos ver en días. Pero lo sentíamos. En el pan que aparecía sobre la mesa de la cocina en la madrugada, cuando él llegaba de un viaje largo y la casa entera estaba en sueños. En la casa que seguía en pie. En la certeza silenciosa —que todo hijo de ese tipo de padre conoce aunque nunca la formule— de que había alguien que, aunque no estuviera, estaba.

Los últimos años de su vida fueron diferentes. Cuando el trabajo le permitió quedarse más cerca, nuestro padre nos devolvió el amor que el tiempo le había impedido dar antes. Amó a sus nueras como si fueran sus hijas propias. A sus nietos y nietas les daba la vida entera. En ellos encontró una versión de la paternidad que en sus años de camino no pudo vivir completa. Y la vivió con una ternura que a veces nos dejaba sin palabras.


El hombre que rezaba el rosario y leía la Biblia

Junto a nuestra madre, nuestro padre nos dio algo que hoy vale más que cualquier herencia material: una Biblia a cada uno de sus hijos.

No fue un gesto simbólico vacío. Fue una declaración. Una manera de decirle a cada uno de sus hijos, con un objeto concreto que podía tenerse en las manos: esto es lo que importa. Esto es lo que dura. En estas páginas está la promesa que ni la muerte puede romper.

La entregó junto a nuestra madre, los dos juntos, como si supieran —con esa sabiduría que a veces tienen las personas que han vivido mucho y sufrido bien— que el día en que sus hijos más iban a necesitar ese libro sería el día en que ellos ya no estuvieran para abrirlo con ellos.

Porque él creía en lo que esas páginas decían. No con la fe tibia de quien cumple por costumbre cultural. Con la fe concreta y perseverante de quien va a misa todos los domingos, de quien reza el rosario con regularidad, de quien lee la Biblia no para cumplir un ritual sino para encontrar algo que el mundo no puede dar.

En los últimos tiempos trabajaba para la Iglesia. No en funciones de visibilidad ni de jerarquía. En el aseo exterior del templo, en los quehaceres sencillos y necesarios que mantienen el lugar de encuentro con Dios en condiciones de recibirlo. Era exactamente lo suyo: el servicio sin aplausos, el trabajo que se hace porque debe hacerse. La misma lógica con que había manejado camiones durante décadas. La misma entrega silenciosa de siempre, ahora dirigida directamente a la casa del Señor.


El día que partió

El 27 de septiembre de 2025, mientras trabajaba en el exterior de la iglesia, el calor del mediodía guatemalteco era intenso. Él estaba ahí, cumpliendo su tarea. Entonces comenzó a sentirse mal.

Lo llevamos al hospital más cercano de inmediato. Los médicos nos pidieron que esperáramos afuera.

Cuando volvieron a salir, traían en el rostro la noticia que ningún hijo quiere recibir.

Tenía 67 años. Habían pasado apenas diez meses desde que nuestra madre nos había dejado.

Es un tipo de dolor muy particular: el de perder al último padre. Porque cuando se va el primero, el otro sigue siendo un ancla. Cuando se van los dos, uno queda expuesto al horizonte de una manera que no había experimentado antes. Uno pasa a ser, de repente, la generación mayor de su propia familia.

Nuestro padre, sin embargo, había hecho algo sin que lo supiéramos: nos había preparado.

Lo decía con esa franqueza directa que lo caracterizaba: “Yo no me enfermo, pero el día que lo haga, será la única vez.” Lo decía casi como una broma. Y así fue: sin una enfermedad larga que preparara el terreno. Un momento estaba, y al siguiente ya no.

Pero más importante que esa frase era otra que repetía desde la partida de nuestra madre, con una certeza que no era resignación sino fe pura y sencilla:

“Cuando yo me vaya, me reencuentro con mi viejita.”

Lo decía con una sonrisa tranquila. Con la serenidad de quien le ha creído a las promesas de la Biblia que tenía en sus manos.


La gracia que no pedimos pero recibimos

Dios en su infinita misericordia nos concedió algo que no buscamos pero que recibimos como una gracia clara e inmerecida: la fortaleza de no llorar desconsoladamente junto a su caja.

No fue insensibilidad. No fue negación psicológica. No fue que no lo amáramos o que el dolor no existiera. El dolor existía, y sigue existiendo. Pero junto al dolor —no en lugar de él sino simultáneamente con él— había una paz. Una paz que no construimos nosotros, que no decidimos tener, que simplemente estaba.

El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la liturgia de las exequias “expresa la pascua del cristiano”, es decir, su paso —como el de Cristo— de la muerte a la vida (CIC §1689). No estábamos velando un cuerpo sin esperanza. Estábamos acompañando una partida hacia un destino real, prometido y cierto.

Lo que sentimos esos días no fue nuestra valentía. Fue el fruto de lo que ellos sembraron en nosotros durante décadas: misa todos los domingos, rosario rezado en casa, Biblia abierta sobre la mesa, fe vivida no como adorno sino como fundamento. Cuando llegó el momento de más necesitarla, la fe estaba.

Rosario de madera y Biblia abierta sobre mesa rústica con luz de vela


Lo que nos dejó: la instrucción final

Nuestro padre nos dejó algo más que una certeza sobre su propio destino. Nos dejó una instrucción. Simple, directa, sin adornos, como él era:

Permaneced en el camino del bien. Manteneos en la fe. Y el día en que cada uno de vosotros parta, id llegando de a poco al mismo lugar donde nosotros esperamos.

No fue un sermón. Fue una frase que repitió con naturalidad en distintos momentos, como quien comparte algo que para él era evidente: que la muerte no disuelve una familia, sino que la redistribuye temporalmente entre dos orillas del mismo río.

Eso es precisamente lo que la Iglesia Católica llama la comunión de los santos: no una doctrina abstracta para teólogos sino una realidad viva y concreta que afecta la manera en que los creyentes viven el duelo. El Catecismo lo enseña con claridad: nuestra comunión con los que partieron “no se interrumpe en absoluto” (CIC §958).

Nuestro padre no conocía esas referencias del Catecismo. Pero vivía lo que dicen. Y lo selló con esa frase sencilla que es, en realidad, una síntesis completa de la esperanza cristiana: vayan llegando de a poco. Los esperamos.


La promesa que él creyó

Esa Biblia que nuestros padres nos dieron —los dos juntos, Juan y Paula— no es solo un libro de devoción. Es el mapa del camino que ellos recorrieron antes que nosotros, y que nosotros recorreremos después de ellos. Y ese mapa tiene una promesa que se repite de principio a fin:

“Las almas de los justos están en manos de Dios, y no les alcanzará tormento alguno. A los ojos de los insensatos parecía que habían muerto, y su partida se tomó por una desgracia… pero ellos están en paz.” — Sabiduría 3:1-3

Están en paz. Nuestro padre está en paz. Nuestra madre está en paz. Pablo David está en paz. Los tres juntos, en las manos del mismo Padre que los conoció antes de que nosotros los conociéramos.

Y Jesús, el mismo Jesús cuya historia nuestro padre leía en esa Biblia, hizo la promesa más audaz de la historia:

“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.” — Juan 11:25-26

Él creyó eso. Lo vivió. Lo transmitió. Y ahora lo sabe de una manera que nosotros todavía no podemos saber, pero que esperamos con la misma certeza con que él lo esperó.


El cierre del círculo

Doce años separan la muerte de Pablo David de la muerte de nuestro padre. Doce años en los que nuestra familia aprendió, de la manera más concreta y más costosa posible, lo que significa vivir la fe católica no como una identidad cultural sino como un fundamento real.

Ese es el testimonio que queremos dejar en este sitio. No como argumento para convencer a nadie. Como crónica honesta de lo que vimos y vivimos. Como la respuesta a una pregunta que muchos nos hacen cuando conocen nuestra historia: ¿cómo pudieron con todo eso?

La respuesta es simple. No pudimos solos. Y no tuvimos que hacerlo.


Una palabra para quien lee esto desde su propio duelo

Si perdiste a tu padre —ayer, hace un año, hace una década— y llegaste aquí buscando algo que no sabes bien cómo nombrar, quiero que sepas esto:

El dolor que sientes es legítimo y no tienes que justificarlo. La fe no pide que actúes como si no doliese. El mismo Jesús lloró ante la tumba de Lázaro (Juan 11:35). Tu llanto no contradice tu fe. Es parte de ella.

Nuestro padre nos regaló una Biblia. Si la tienes, ábrela hoy. En sus páginas está la misma promesa que a él le bastó para morir en paz.


Camino rural al amanecer con luz dorada en el horizonte


🕯 Oración por nuestro padre y por todos los padres que partieron

Señor Dios, Padre de todos, recibe a Juan González, que pasó su vida en el camino para que su familia tuviera casa, que rezó el rosario y leyó tu Palabra hasta el final, que amó a sus nietos con la ternura que de joven el trabajo no le dejó mostrar, que partió un día de septiembre mientras servía a tu Iglesia.

Recíbelo junto a su esposa Paula, que se le adelantó apenas diez meses. Que el reencuentro que él anunció con tanta certeza sea tan real y tan pleno como fue su amor por ella.

Recíbelos junto a su hijo Pablo David, que los esperaba desde 2013.

Y a nosotros, sus hijos, que seguimos en el camino que ellos nos señalaron, danos la perseverancia para llegar.

Que el día en que cada uno de nosotros cruce ese umbral, los encontremos esperando, con la certeza de que en la casa del Padre hay lugar para todos.

Amén.


Este artículo está dedicado a Juan González, que partió el 27 de septiembre de 2025, a los 67 años, mientras servía a su Iglesia.

Este es el tercer y último capítulo de nuestra historia familiar. El primero fue Pablo David. El segundo fue Paula. Los tres juntos son el origen de todo lo que escribimos en este sitio.

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Familia González López

Guatemala · Publicado el 14 de marzo de 2026

Este ministerio digital nació de tres despedidas — un hermano a los 21 años, una madre, un padre — y de la convicción de que la fortaleza que Dios da en el duelo no es para guardársela. Todo el contenido está respaldado en la Biblia Católica y el Catecismo de la Iglesia Católica.

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