Alguien te dijo que era plan de Dios.
Tal vez lo dijeron con buena intención. Tal vez lo pusieron en una tarjeta, o lo dijeron en el velorio, o lo repitieron en la misa. Era su voluntad. Dios lo necesitaba más. El Señor se lleva a los mejores primero.
Y algo dentro de ti — aunque no lo dijiste en voz alta — quiso gritar.
Porque si eso es cierto, si la muerte de alguien joven, lleno de vida, con toda una historia por delante, fue planeada y querida por Dios desde el principio — entonces ese Dios no merece tu adoración. Y tampoco tu consuelo.
Esa reacción no es falta de fe. Es honestidad. Y la fe que vale algo tiene que poder sostenerse frente a ella.
La pregunta que la fe no puede esquivar
La teodicea — el problema del mal frente a un Dios bueno y todopoderoso — es la pregunta más antigua y más difícil de la filosofía religiosa. No hay respuesta que la resuelva completamente. Cualquiera que te diga que sí la tiene te está mintiendo, o te está ofreciendo comodidad barata a cambio de tu inteligencia.
Pero hay una distinción que importa enormemente y que muchas veces se pierde en el dolor:
Dios permite. Dios no planifica el mal.
La fe católica no enseña que Dios diseña cada muerte, que elige a quién llevarse y cuándo como si fuera un director que mueve fichas en un tablero. Eso sería hacer de Dios el autor del sufrimiento — y el Catecismo es claro: Dios no quiere el mal ni lo causa (CEC §311-312). Lo que la fe afirma es que Dios tiene poder de transformar incluso lo más roto, de sacar bien de lo que en sí mismo es una tragedia. Eso no es lo mismo que decir que planeó la tragedia.
La muerte de un joven no es un regalo de Dios disfrazado. Es una herida en el tejido de lo que debería ser. Y Dios la llora con nosotros.
El libro de la Sabiduría habla de esto directamente
Hay un texto de las Escrituras que lleva siglos consolando a quienes pierden a alguien joven, y que pocas veces se menciona en los velorios.
El libro de la Sabiduría — uno de los libros deuterocanónicos que la Iglesia Católica reconoce como sagrado — lo dice así: “Fue arrebatado para que la maldad no pervirtiera su entendimiento” (Sabiduría 4:11, Biblia de Jerusalén). Y antes, en el mismo capítulo: “Una vejez venerable no es la de larga vida ni se mide por el número de años; la prudencia es la cana del hombre, y una vida inmaculada equivale a una vejez madura” (Sabiduría 4:8-9).
Esto no explica el por qué. No lo pretende. Pero sí ofrece una perspectiva que el dolor a veces no puede ver solo: que la medida de una vida no es su duración. Que una vida breve puede ser una vida completa. Que la plenitud no se cuenta en años.
Eso no quita el dolor. No debería quitarlo. Pero es diferente a decir que fue un plan divino ejecutado con frialdad. Es decir que Dios puede recibir a alguien joven sin que eso signifique que quiso arrancarlo de aquí.

Lo que el enojo con Dios le hace a la fe — y lo que no le hace
El Salmo 22 empieza con un grito: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Salmo 22:2, Biblia de Jerusalén). Lo dijo el mismo Jesús desde la cruz. No es blasfemia. Es oración en su forma más honesta.
La fe no exige que estés de acuerdo con lo que pasó. No exige que lo aceptes todavía ni que le encuentres un sentido. Lo que la fe ofrece, en el duelo por un joven, es algo más modesto y más real: la posibilidad de gritar hacia algo en lugar de gritar hacia la nada.
El enojo con Dios no destruye la fe. A veces es la forma más honesta de seguir relacionándose con Él.
San Agustín, que perdió a su hijo Adeodato siendo este todavía joven, escribió en sus Confesiones sobre el dolor de sobrevivir a quienes amamos. No encontró respuestas fáciles. Encontró, después de mucho tiempo y mucho llanto, un Dios lo suficientemente grande como para sostener sus preguntas sin romperse.
El Papa Benedicto XVI escribió en Spe Salvi que la esperanza cristiana no es optimismo — no es convencerse de que todo saldrá bien. Es la certeza de que incluso lo que no tiene explicación está sostenido por un amor que no abandona. Esa distinción lo cambia todo. No se trata de entender. Se trata de no estar solo en lo que no se entiende.
“El Señor está cerca de los que tienen el corazón partido.” (Salmo 34:19, Biblia de Jerusalén). No lejos, arbitrando desde las alturas. Cerca. En el piso, con nosotros.

Señor, no entiendo esto. Y esta noche no tengo fuerzas para pretender que sí.
Me dijeron que era tu voluntad y algo en mí se cerró cuando lo escuché. Porque yo no quería esta voluntad. Yo quería que siguiera aquí.
No te pido que me expliques. No sé si podría soportar la explicación.
Solo te pido que estés aquí — en este dolor que no tiene fondo — y que no me dejes caer solo.
“¿Por qué me has abandonado?” Eso también lo dijiste Tú, desde la cruz. Entonces sabes.
Amén.